Especialistas: Sepa diferenciar entre tener hambre y ganas de comer

Escrito por Yokaira Perez en . Publicado en Gente / Estilo, Salud

sandwichDe todas las batallas que se luchan a diario para combatir los efectos de la obesidad, mantener una ingesta alimenticia equilibrada y saludable es, a menudo, la más difícil, porque la comida suele estar asociada con factores fisiopatológicos, emocionales y culturales que fácilmente boicotean la fuerza de voluntad del individuo.

De acuerdo con la especialista Rorayma Valero, médico gastroenterólogo venezolano, quien ha dedicado parte de su carrera a la búsqueda de alternativas al tratamiento no quirúrgico para la obesidad, la aparición de los síntomas del hambre se desencadenan como consecuencia de un proceso fisiológico.

“La señal que anuncia la presencia del hambre está localizada en el hipotálamo, región del cerebro intermedio que también regula otras necesidades. Los receptores corporales registran la caída del nivel de azúcar en la sangre o, en caso contrario, la falta de suficiente grasa corporal y, de este modo, se transmiten señales al cerebro intermedio. Si el estómago recibe finalmente lo que exigía con tanta urgencia, la señal contraria retorna al cerebro”, explica Valero.

La alerta de hambre llega con gran rapidez, generalmente alrededor de un minuto después de disminuir el nivel de azúcar en la sangre y es percibida por el organismo con una sensación de vacío en el estómago, que puede presentarse con dolor o ruidos generados por el intestino. A diferencia, la señal que anuncia “saciedad” tarda más tiempo en llegar al hipotálamo.

Tan pronto como los dientes inician el proceso de masticación, las papilas gustativas avisan al estómago que el proceso de nutrición se ha puesto en marcha. Inmediatamente, este órgano empieza a producir ácido clorhídrico para disolver las sustancias nutritivas. “En caso de que se realice una comida apresurada y una masticación insuficiente, el cuerpo puede recibir más de lo que realmente necesita”, acotó Rorayma Valero.

La especialista agregó que después de que el cerebro emite la señal de saciedad y, por consiguiente, desaparece el hambre, a menudo el individuo sigue ingiriendo alimentos. “Ello ocurre porque normalmente suelen ser factores sociales o de costumbre los que aumentan o reducen el hambre y, por tanto, nos impiden percibir la verdadera sensación de carencia alimenticia”, dijo.

El hambre se modifica según las actividades diarias del individuo, ya que el organismo tiene mayor requerimiento cuando consume más calorías por el esfuerzo físico. Asimismo, “existe una gran variedad de condiciones que pueden originar trastornos en el hambre. Algunas son de naturaleza fisiológica y otras psicológicas o una combinación de ambas, como por ejemplo la bulimia, anorexia, depresión, medicamentos y el estrés”, concluyó Valero.

Pensamientos del tipo “Tengo hambre pero no sé de qué”, “Yo no quiero comer arroz y frijoles, me provoca algo delicioso”, son indicadores de que el hambre está en algún factor emocional y no precisamente en el estómago.

En estos casos, según Sandra Aurea Hamzeh, psicóloga que sigue la línea de psicoterapia breve y especialista de la Universidad Presbiteriana Mackenzie, la acción de comer se convierte en compensación y alivio, en un reflejo de frustraciones, como sustitutivos de las soluciones de problemas diarios y toma de decisiones.

Aurea señala que la comida no puede ser considerada el problema, sino que debemos evaluar qué función cumple en nuestra vida. Para evitar que el impulso tome vuelo, las personas deben hacer una reflexión profunda de las razones emocionales o físicas por las cuales se sienten hambrientas.

Las frases que escuchamos desde la infancia respecto a que debemos comer hasta el último bocado para estar sanos, o que el niño que come poco está desnutrido, suelen estar asociadas a los traumas emocionales que adquirimos a lo largo de la vida, convirtiéndose en los principales impulsores de la ingesta adicional de alimentos que, más allá de suplir la dosis de nutrientes diarios, van abonando el terreno para la obesidad.

“Nuestra psiquis también necesita ser alimentada y trabajada de forma correcta, para lograr que el cuerpo siga su curso saludable. La falta de conciencia emocional es la que hace que el obeso se convierta en reincidente en cualquier tratamiento contra la balanza”, relata la especialista.

Para aquellos que están bajo régimen nutricional, especialmente después de procedimientos bariátricos o posterior a la colocación del balón intragástrico, estos factores merecen mayor atención y deben ser monitoreados con apoyo psicológico, ya que la ruptura del paciente con su rutina alimentaria nociva es más abrupta.

El balón intragástrico es un dispositivo de implantación no quirúrgica a cargo de un médico gastroenterólogo, que posibilita al paciente perder peso de forma gradual y evitar la obesidad siguiendo cuatro pasos: la colocación del balón a través de endoscopia, alimentación balanceada, actividad física regular y apoyo psicológico. Es una opción indicada para pacientes con Índice de Masa Corporal (IMC) igual o superior a 27 kg/m2.

“En conclusión, el apoyo psicológico profesional es esencial para que el individuo comprenda su relación con la comida y su sobrepeso u obesidad. Este entendimiento tiene como punto de partida la identificación de problemas y la propuesta de soluciones adaptativas, que surtan resultados efectivos y definitivos”, finalizó Aurea.

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